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viernes, 10 de abril de 2015

DIARIO DE A BORDO DE UN PADRE PRIMERIZO



Hace unos días, recibí una invitación para asistir a un evento literario, organizado por Ediciones Atlantis, un viernes por la tarde.
Imposible, pensé, ya que todas mis tardes están ocupadas, irremediablemente, de lunes a viernes. Pero, increíblemente, se alinearon unos cuantos planetas para que, justo ese viernes, lo tuviera libre.
Volví, entonces, a leer el título: Diario de a bordo de un padre primerizo.

¡Uf!...

El título apuntaba a una temática fuera de mis actuales gustos literarios, más orientados a la novela negra, a la fantástica o a la gráfica. A pesar de ello, decidí acudir al evento, que se celebraba en la librería Centro de ArteModerno, en Madrid.



Primero, hablaron los presentadores: como siempre, alabaron la obra y al autor.
Y al final, intervino el autor: J. D. Álvarez, o como a él le gusta que le llamen, Jota.
Al terminar, le tocó el turno a la firma de ejemplares. Yo, mientras Jota los dedicaba, ojeé el libro que había adquirido previamente en la librería. Doscientas páginas, letra hermosa y muy espaciada y capítulos breves… Bueno, lo peor que me podría suceder era que lo dejara en la página 10. Ese es el límite máximo que me impongo para continuar o no con las historias que no me atraen; hay demasiados libros como para perder el tiempo en uno que no me interesa.
Así que, lo empecé.

Cuando Jota acabó de firmar todos, excepto el mío, habían transcurrido unos minutos. En ese tiempo, yo había leído hasta la página 62.
Sorprendente.
En la semana siguiente, en dos tirones, lo terminé.

El tema se correspondía con el título: Diario de a bordo de un padre primerizo. Ni más ni menos.

Independientemente de las anécdotas que Jota refería, yo me identifiqué con esos, para mí, personajes, no personas, que protagonizaban las escenas. Obvio, yo también fui padre primerizo.
Se pueden destacar muchos aspectos de este libro: las sensaciones placenteras al formar una familia, la percepción del paso inexorable del tiempo, la ingenuidad perdida de la infancia… Sin embargo, yo prefiero quedarme con un punto altamente gratificante: este libro es un oasis. En este siglo tan preocupado por la tecnología, tan lleno de noticias catastróficas, tan deshumanizado, en el que los autores, yo incluido, pretendemos desgarrar los corazones de nuestros lectores con historias truculentas, en este siglo, repito, Jota nos ha regalado un verdadero oasis.

Y, por eso, te digo, Jota: gracias.

Y gracias, sobre todo, a los planetas, porque sé que si os alineasteis ese viernes, fue para darme la oportunidad de darme un baño en ese oasis.

jueves, 12 de febrero de 2015

August. Pecado mortal... no leerla

Un día del pasado año, me invitaron muy amablemente al programa La Biblioteca Encantada, presentado por Javier Fernández, de Radio 21. El motivo era el de desentrañar las claves de la novela negra actual. Al programa asistieron varios escritores: Miguel Ángel de Rus, Javier Hernández, José Luis Caramés y yo mismo; y asistieron también dos colaboradores: Miriam y Ángel G. Ropero.

Allí conocí a otro escritor: a David J. Skinner.
Doy fe de ello en este fotografía (el estirao soy yo)



 Me impresionó a primera vista. Su nombre, sus rasgos, su cartera y su vestimenta, especialmente la gabardina, me hicieron pensar en alguno de los personajes que pueblan las historias del género negro. Al terminar el programa, David y yo nos fuimos a tomar un café (¡eh, David, el próximo lo pago yo!), y estuvimos charlando un buen rato.
Me contó sus inicios como escritor, su método de trabajo, sus preferencias estilísticas y los temas que le interesaban a la hora de escribir.
¡Qué curioso!... Acababa de descubrir a un tipo con el que compartía muchas afinidades.
También hablamos sobre los libros que habíamos escrito, publicados o no, y le pedí que me recomendara uno de los suyos. No lo dudó, él ya conocía mis gustos tras nuestra conversación. Me dijo que leyera August. Pecado mortal, y que, pensaba él, me gustaría. Yo tampoco dudé y, días después, compré un ejemplar.


Cuando vi que contaba con poco más de cien páginas, lo coloqué en la tercera posición de mi pila de libros por leer. Según pasa el tiempo se me hace más cuesta arriba afrontar libros enormes que, en mi opinión, cuentan historias a las que le sobran la mitad de sus páginas. En este caso me alegré; solo cien páginas, de cabeza a la tercera posición. Por otro lado, he de admitir que yo creía  que una novela negra tan breve no podía narrar una buena historia, precisamente por las limitaciones de espacio para desarrollarla. Es decir, tenía algunas reticencias.

Un par de semanas más tarde, le llegó el turno a August. Pecado mortal.
Y, tras unos minutos de lectura, confieso que me equivoqué.
¡Cielo Santo!... ¡Pero cómo demonios ha podido este David escribir una novela así!
Continué leyendo hasta terminarla.
Y me ratifico en mi equivocación, nacida de una impresión inicial tan banal.
¡Joder, David, qué cabrón (perdona), me has hundido en la miseria!...Creía…, creía que yo no incluía paja en mis propias novelas.

Podría contar muchas cosas sobre August. Pecado mortal…, pero eso me obligaría a desvelar la historia. Así que no lo haré, aunque sí que me atreveré a reseñar algunos puntos que me impactaron y que no rebelan nada.
Lo primero: el formato. Capítulos muy breves, divididos en dos partes: en la primera se narra una escena del pasado de August (el protagonista); y en la segunda se presenta una conversación en el presente con su guardián. En definitiva, un formato dinámico que conecta el tiempo, pasado y futuro, con gran acierto.
Lo segundo: el estilo. Conciso y sin florituras. ¿Se pueden contar más cosas en tan pocas palabras? Sí. David lo hace.
Lo tercero: los personajes. No hay muchos, pero eso no empobrece la historia, al contrario. Además, cada uno de ellos participa en ella según sus intereses, no al servicio del autor o del protagonista principal. Es decir, todos los personajes, incluso los secundarios, juegan a su manera en esta novela.
Lo cuarto: la trama. Desde la primera página, el lector ya sabe quién es August y cuál es su futuro. Vale, ¿y qué?... ¿Acaso supone eso un demérito?... En absoluto. La trama se desarrolla casi en su totalidad en el pasado de August, y creedme cuando os digo que no resta un ápice el interés sobre el desenlace.
Y lo quinto.
Bueno, lo quinto... me lo reservo para cuando tenga la oportunidad de comentar esta novela con alguien que también la haya leído.

Solo me queda algo por decir (una ocurrencia, no más): que yo he cambiado el título de esta novela.
Para mí, debería llamarse August. Pecado mortal… no leerla.
David, te autorizo a utilizar este título en las próximas ediciones.

No te costará ni un café.